jueves, 1 de marzo de 2018
sábado, 24 de febrero de 2018
La Tranfiguración
En aquel
tiempo, Jesús se llevó a Pedro, a Santiago y a Juan, subió con ellos solos a
una montaña alta, y se transfiguró delante de ellos. Sus vestidos se volvieron
de un blanco deslumbrador, como no puede dejarlos ningún batanero del mundo. Se
les aparecieron Elías y Moisés, conversando con Jesús.
Entonces Pedro
tomó la palabra y le dijo a Jesús: «Maestro, ¡qué bien se está aquí! Vamos a
hacer tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.» Estaban
asustados, y no sabía lo que decía.
Se formó una
nube que los cubrió, y salió una voz de la nube:
«Este es mi
Hijo amado; escuchadlo.»
De pronto, al
mirar alrededor, no vieron a nadie más que a Jesús, solo con ellos.
Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó: «No contéis a nadie lo que habéis visto, hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos.»
Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó: «No contéis a nadie lo que habéis visto, hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos.»
Esto se les
quedó grabado, y discutían qué querría decir aquello de «resucitar de entre los
muertos». (Marcos,
9 2-10)
Me ha costado decidirme a la hora de elegir una
imagen que introduzca estas pocas líneas. Quería que fuera una imagen que
sirviera para iluminar, nunca mejor dicho, el evangelio de este segundo domingo
de Cuaresma, la Transfiguración de Jesús en el monte Tabor. Sin duda, debiera
ser algo que hablara de luz, de vestidos refulgentes, del “Hijo amado, escuchadlo”… pero también de no quedarse en la montaña,
de no caer en la tentación de hacer tres tiendas y quedarse en la placidez de
la montaña.
Se me han ocurrido varias fotografías pero me he
decidido por encabezar estas líneas con esta orquídea (“Monja blanca” o Lycaste Virginalis), impoluta, que habla
por sí sola de belleza, de luz, de mimo,… y también habla de un país acogedor
como Guatemala, ya que es su flor nacional.
Me parece que esa hermosa orquídea puede
ayudarnos a comprender la Transfiguración de Jesús en cuanto a que es muy bella
pero necesita de muchos cuidados, mejor dicho, de muchos mimos, bien si se
quiere tener en un espacio privado bien si se quiere gozar de ella en su
entorno natural.
Nos puede gustar mucho lo que sucede en el monte
Tabor pero no podemos quedarnos “ni en el monte ni en las tiendas”. La
Transfiguración de Jesús exige bajar de la montaña y hacerse presente en los
lugares y situaciones en los que son necesarios la luz del “Hijo amado” y aceptar la invitación
recibida: “escuchadlo”.
Nuestra vida de seguidores de Jesús, como el
cuidado de la orquídea, si la convertimos en un admirarla con las manos en los
bolsillos, si no la regamos, si no la protegemos de sus peligros, si no la
mimamos,… tendrá un recorrido muy breve, la viviremos como una carga que pronto
nos cansaremos de “soportarla”, veremos los defectos que el tiempo ha ido
dejando en la Iglesia institución,.. y terminaremos por no valorarla y tendremos
prisa por deshacernos de ella.
Ese creo que es un peligro real en nuestro ser
seguidores de Jesús. Nos “gusta mucho” el mensaje de Jesús, lo escuchamos o
leemos con regularidad, incluso lo reflexionamos, pero no nos empeñamos en
mimarlo, en regarlo, en protegerlo en “las noches frías”,… Conocemos el mensaje
de Jesús, lo aprobamos en su teoría pero no somos capaces de implicarnos en su
cuidado minucioso para que siga siendo “bello y práctico”, para que sea de un “blanco deslumbrador”.
Tenemos la oportunidad en esta Cuaresma de
empeñarnos en “escuchar al Maestro”, tal y como nos recomienda la “voz de la nube”, y bajar de la montaña
en la que tantas veces estamos instalados para compartir con quienes nos rodean
que es posible un mundo mejor en el que cada día seamos un poco más hermanos y
menos enemigos, en el que la justicia esté siempre por encima de los intereses
particulares, que viva en el día a día que lo que tengo crece cuando lo
comparto con quienes me rodean, que la violencia de cualquier tipo y contra
cualquier hermano no tiene cabida en fraternidad, que la libertad es
incompatible con cualquier tipo de cadena, que… Seguramente no tendremos que narrar
a nadie lo que “sucedió en la montaña” porque nuestra vida será luz para los
demás sin tener que utilizar demasiadas palabras.
Podemos hacer un ejercicio esta Cuaresma de
cuidar nuestras relaciones con los hermanos y también la relación con Dios para
descubrir que el esfuerzo merece la pena y los resultados, como en la orquídea,
saltarán a la vista. No tengo ninguna duda de que así será.
sábado, 17 de febrero de 2018
“…brillará tu luz en las tinieblas”
Esto dice el Señor:
«Cuando alejes de ti la opresión,
el dedo acusador y la calumnia,
cuando ofrezcas al hambriento de lo tuyo
y sacies al alma afligida,
brillará tu luz en las tinieblas,
tu oscuridad como el mediodía.
El Señor te guiará siempre,
hartará tu alma en tierra abrasada,
dará vigor a tus huesos.
Serás un huerto bien regado,
un manantial de aguas que no engañan. (Isaías 58, 9b-11)
«Cuando alejes de ti la opresión,
el dedo acusador y la calumnia,
cuando ofrezcas al hambriento de lo tuyo
y sacies al alma afligida,
brillará tu luz en las tinieblas,
tu oscuridad como el mediodía.
El Señor te guiará siempre,
hartará tu alma en tierra abrasada,
dará vigor a tus huesos.
Serás un huerto bien regado,
un manantial de aguas que no engañan. (Isaías 58, 9b-11)
Suena bien escuchar “luz en las tinieblas” que rodean algunas
de las bases de nuestra sociedad, ser “huerto
bien regado” cuando al asomarse a los medios de comunicación te encuentras
con tanta sequía, incluso de organizaciones que todos las teníamos como
“supuestamente modélicas”. Suena bien oír hablar de “aguas que no engañan” cuando hablamos con frecuencia de aguas
tormentosas y revueltas en diferentes escenarios que nos rodean en el día a
día. Personalmente, me siento invitado a tener como telón de fondo, entre
otros, esta propuesta del profeta Isaías en el camino cuaresmal que la Iglesia
entera recorre de una u otra manera.
Y
para conseguirlo… tampoco parece que se nos exige superar un camino durísimo e inalcanzable.
Algunas cosas que ya hacemos, o lo intentamos hacer, todos los días… y poca
cosa más. ¿Lo recordamos?
“Alejar la opresión”, o lo que es lo
mismo, sentir, y demostrar, en las pequeñas cosas de cada día que quien se
encuentra cerca de ti, y también quien se encuentra lejos, todos, sin
excepción, son hermanos y por tanto no tenemos motivos para sentirnos ni más
importantes ni “señores” de nadie. Tan solo hermanos. Ni más ni menos. Parece
fácil de cumplirlo y así lo hacemos en la casi totalidad de los casos. Solo nos
queda quitar ese “casi” y convertirlo en actitud inalterable. Sí, también con
ese pequeño grupo de personas con los que consideramos que es muy difícil
sentir y vivir la fraternidad.
Lo
siguiente de lo que habla Isaías tampoco es tan complicado. Si de verdad hemos
conseguido ver en el vecino un hermano y no un enemigo… no tiene sentido que
nos dediquemos a usar el “dedo acusador y
la calumnia” en nuestras relaciones vecinales, familiares, laborales,... Es
verdad que no lo hacemos con asiduidad y también es verdad que a veces lo
hacemos sin querer hacer daño, pero el texto nos habla de lo importante que es
desterrar estas actitudes y comentarios que tanto daño hacen a nuestras roces
diarios. No nos aporta nada, no conseguimos nada,… y nos puede pasar que por esa
pequeña cosa dejemos de ser “luz en las
tinieblas” de nuestro mundo. Mejor dejar de hacerlo.
La
tercera cosa que aparece en el texto nos suele costar bastante más pero tampoco
es como para asustarse. Nos dice Isaías que compartamos lo que nos sobra sino “lo tuyo”. Hoy, muchos siglos después de
que se escribiera el libro de Isaías hemos “avanzado mucho”, por desgracia, en
este tema de “lo mío”. Considerar “lo mío como tuyo” eso nos fastidia un poco
más. Nos es más fácil “lo mío, mío y lo tuyo también”. Éste sí es un reto
fuerte para quienes somos parte de una sociedad que confía demasiado su
libertad, su felicidad, su seguridad, en “lo mío” y cree poco en el “partir,
repartir y compartir”. Y nosotros somos parte de esta sociedad. Creo que
conviene no cerrar los oídos al texto que hemos leído al comienzo. “Ofrecer al hambriento lo tuyo” es una de
las condiciones para poder ser “luz o manantial” para quienes lo necesitan.
Y,
por último, pero no menos importante, también se nos indica la necesidad de “saciar el alma afligida”. Otra de las
cosas que hacemos habitualmente pero que no está mal que se nos recuerde la
importancia de convertirla en actitud de vida. Parece increíble que en nuestra
sociedad de las nuevas tecnologías, que en nuestro mundo “supuestamente organizado”
para el trabajo, el descanso y las relaciones humanas, que nuestra sociedad que
dice que valora la familia como lugar de crecimiento de las personas, que…
tengamos tanta gente con necesidad de que alguien les escuche, tanta gente con “el alma afligida” sin que nadie le
dedique un tiempo para celebrar las buenas noticias y también para compartir los
malos momentos,… Parece mentira que así sea… pero lo es y todos lo sabemos
porque conocemos situaciones dolorosas o/y porque lo hemos vivido en nuestras
propias carnes.
Porque
es un buen camino a recorrer por todos los que componemos esta sociedad,
creyentes o no, porque la cuaresma es para vivirla y no para aprender verdades
teóricas, porque estamos de acuerdo en que en este momento de la historia necesitamos
“luz en las tinieblas o manantial de
aguas que no engañan”, porque… os invito a volver a leer despacio esas
pocas líneas que encabezan este comentario…, a vivirlas y a gozarlas.
Que
así sea.
miércoles, 14 de febrero de 2018
¡¡¡Cuánta paciencia!!!
En aquel tiempo,
a los discípulos se les olvidó llevar pan, y no tenían mas que un pan en la
barca.
Jesús les
recomendó: «Tened cuidado con la levadura de los fariseos y con la de Herodes.»
Ellos comentaban:
«Lo dice porque no tenemos pan.»
Dándose cuenta,
les dijo Jesús: «¿Por qué comentáis que no tenéis pan? ¿No acabáis de entender?
¿Tan torpes sois? ¿Para qué os sirven los ojos si no veis, y los oídos si no
oís? A ver, ¿cuántos cestos de sobras recogisteis cuando repartí cinco panes
entre cinco mil? ¿Os acordáis?»
Ellos
contestaron: «Doce.»
«¿Y cuántas
canastas de sobras recogisteis cuando repartí siete entre cuatro mil?»
Le respondieron: «Siete.»
Le respondieron: «Siete.»
Él les dijo: «¿Y
no acabáis de entender?» (Marcos 8, 14-21)
¡¡¡Jesús,… cuánta paciencia!!!!
Es la primera expresión que me surgió ayer cuando leía este trocito del
evangelio. Creo que hoy, tras más de dos mil años, Jesús estará diciendo lo
mismo que en el momento reflejado por Marcos: “¿Tan torpes sois? ¿Para que os sirven los ojos si no veis y los oídos
si no oís?” Llevamos tantos siglos escuchando, reflexionando, viendo,
sintiendo,… el mensaje de Jesús y seguimos preocupados por el pan.
Jesús nos habla de liberación de no caer en las telarañas de las normas y
ataduras de las normas, como les había pasado a los fariseos, y nosotros erre
que erre preocupados con el “pan”. Jesús nos habla de tener cuidado con la
tentación del poder, de creernos superiores a los demás, de utilizar la fuerza
en contra de los hermanos,… como hizo Herodes, y nosotros no quitamos la vista
del “pan”. Jesús nos habla de los regalos diarios que recibimos de Dios y
nosotros parece que solo le damos importancia a lo que nosotros parece que
hemos ganado. ¡¡¡Qué paciencia!!!
Y lo peor de todo ello es que a todos los niveles parece que seguimos
empeñados en no mirar más que al “pan” y seguimos haciendo oídos sordos a las
advertencias de Jesús.
Parece que estamos más reglados, reglamentados, que hace un tiempo,
parece que cumplir normas es lo que queremos que dé seguridad a las personas,
parece que la firma de no sé cuántos documentos y contratos nos va a hacer la
vida “más segura”. Parece que estamos en un tiempo en el que lo importante es
que se cumpla la norma sin que nadie se pregunte si, además de legal, son
normas justas o no. Parece que hay intentos de convencernos de que lo
importante es cumplir la normativa sin dejar un espacio al ejercicio
responsable de la libertad que nunca debiéramos perder. Parece, al menos a mí
me lo parece, que hay una vuelta a la seguridad de la norma sin escuchar las
necesidades de las personas y de las situaciones particulares. La sociedad en
general y la Iglesia en particular, el asociacionismo y las instituciones,…
todo parece que vuelve a echar un vistazo a la normativa plenamente cumplida
como “lugar seguro”.
Parece, a mí me lo parece, que cada vez hay más gente, más instituciones,
más “autoridades” que siguen confiando en el poder como manera de organizar los
asuntos diarios. Da la sensación que los aires frescos de la libertad cada vez
son menos y menos frescos. Parece que nos hemos puesto todos a la cola para la consecución
de una parcela de poder, aunque sea pequeña, en el que poder estar “por encima de
alguien”,… Parece, a mí me parece, que regresamos a lo que Jesús habla en el evangelio
recordado: “la levadura de Herodes”.
Lucha sin cuartel para ser más que…, esfuerzos ímprobos por destacar en algo o
ante alguien, búsqueda de ser o tener más como excusa para diferenciarme de mi
hermano, por supuesto, “menor”,…
¡¡¡Cuánta paciencia para aguantarnos!!! Parece mentira que pasados los
siglos sigamos necesitando que Jesús nos haga la misma recomendación… porque no
hemos entendido nada. Tal vez esta cuaresma que hoy estrenamos sea una buena
ocasión para escuchar un poco más a ese Jesús que vino a salvarnos y para hacernos
más libres y menos “poderosos”.
Me parece un buen reto… sin olvidarnos de darle gracias a Jesús por tanta
y tanta paciencia mantenida con todos y cada uno de nosotros a lo largo de los
siglos.
sábado, 10 de febrero de 2018
"Si quieres,..." "Quiero"
En aquel tiempo, se acercó
a Jesús un leproso, suplicándole de rodillas:
"Si quieres, puedes
limpiarme."
Sintiendo lástima, extendió
la mano y lo tocó, diciendo:
"Quiero: queda
limpio." La lepra se le quitó inmediatamente, y quedó limpio.
Él lo despidió,
encargándole severamente:
"No se lo digas a
nadie; pero, para que conste, ve a presentarte al sacerdote y ofrece por tu
purificación lo que mandó Moisés."
Pero, cuando se fue, empezó
a divulgar el hecho con grandes ponderaciones, de modo que Jesús ya no podía
entrar abiertamente en ningún pueblo; se quedaba fuera, en descampado; y aun
así acudían a él de todas partes. (Marcos 1,40-45)
Basta con conocer el lugar que ocupaban los leprosos
en la sociedad de Jesús para comprender la grandeza de lo narrado por San
Marcos en su evangelio. Jesús “se acerca” al leproso, “siente lástima” por él,
“extiende la mano”, “lo toca” y acepta el reto marcado por el enfermo cuando le
suplica: “Si quieres, puedes limpiarme”.
Jesús “quiere” limpiarle y la lepra “se
le quitó inmediatamente”.
Para quienes escucharon esta manera de actuar de
Jesús, sin duda, fue un sobresalto. Quien se estaba anunciando como el Mesías
esperado por Israel durante siglos, quien se atribuía las características del
enviado por Dios, quien…, se estaba saltando las normas más básicas de aquella
sociedad. Jesús escucha al leproso y se atreve a tocarle cuando era comúnmente
aceptado que el leproso era castigado con tan vergonzante enfermedad por haber
cumplido alguna infidelidad importante a Dios o a los hombres. ¿Cómo es posible
que quien se proclama enviado por Dios realice semejante bajeza? Pues así fue y
así lo recordamos cada vez que nos acercamos al texto.
Y si lo que narra Marcos fue un escándalo para los
coetáneos de Jesús, ¿cuántos escándalos de este tipo no lo son hoy también para
nosotros? ¿Acaso no nos escandalizamos cuando escuchamos que los emigrantes no
deben ser atendidos con los mismos derechos que “los nativos? ¿Acaso no nos
escandalizamos cuando se denuncia que el dinero no puede ser el motor de
nuestro mundo y nuestra historia? ¿Acaso no nos escandalizamos cuando oímos
decir al Papa que “Quien
no vive para servir, no sirve para vivir”? ¿Por cuántas cosas nos
escandalizamos porque no parecen estar en lo que aprendimos de pequeños y se
nos presentó como “Doctrina segura” o simplemente no es lo “legal”?
Y mientras discutimos y buscamos soluciones a nuestros devaneos teóricos,
el hermano, el leproso, sigue agobiado porque nadie se le acerca, porque nadie
le escucha, le toca y le ayuda a superar su dolor. Parece mentira que tras
todos los siglos que han pasado no hayamos sido capaces de aprender de la
manera de actuar de Jesús. Están muy bien las discusiones teóricas, las
interpretaciones exegético-filosóficas pero la realidad es que el hermano está
sufriendo, está apartado de su pueblo, está estigmatizado por el color de su
piel o por su manera de expresar su espiritualidad o por sus tradiciones
ancestrales.
Parece que es hora de que quienes nos llamamos seguidores de Jesús nos
empeñemos en escuchar, en extender nuestra mano y tocar a quienes se encuentran
fuera de las “normativas de salud y seguridad” que hemos ido creando en nuestro
“primer mundo”. Es hora de decir sin tapujos que “la lepra” de nuestro mundo
tal vez sea ese “maldito dinero” que carcome la carne de las personas y de los
pueblos, tal vez sea el momento de sumarnos al papa Francisco que acaba de
decir que la corrupción es el pecado que “lo pagan los pobres” con su propia
vida, tal vez sea un momento adecuado para decir, sin ponernos colorados, que
nos estamos cargando la naturaleza que Dios puso en nuestras manos por la
avaricia y el sinsentido de quienes tienen por dios al dinero y al poder,…
Reconozcamos la necesidad que tenemos de “limpiarnos”, como el leproso
del evangelio, y acudamos a Jesús para que nos escuche y nos “toque” y, sobre
todo, para que nos limpie.
viernes, 12 de enero de 2018
Para leer despacio...
Esta mañana he tenido la oportunidad de recordar este texto del Antiguo
Testamento y me parecía que estaba leyendo un análisis “actual” de nuestra
realidad. Basta cambiar la palabra “rey” por la palabra “dinero” o “tener” o
“poder”… y cambiar “los ancianos de Israel” por “los mandatarios de nuestro
mundo” y… Yo creo que no está lejos de lo que hoy sucede en nuestros pueblos,
ciudades y… en el mundo en general. Diferencias de lenguaje y de “estrategias” pero…
poco más.
Solo un cambio importante: hay que cambiar la frase “pero Dios no os escuchará” por “y
Dios sí os escuchará”. Esa fue una de las insistencias de Jesús en toda su
predicación que, por supuesto, Samuel no conoció.
Leedlo despacio y ya contaréis.
Lectura del
primer libro de Samuel (8,4-7.10-22a):
En aquellos días, los ancianos de Israel se
reunieron y fueron a entrevistarse con Samuel en Ramá.
Le dijeron: «Mira, tú eres ya viejo, y tus
hijos no se comportan como tú. Nómbranos un rey que nos gobierne, como se hace
en todas las naciones.»
A Samuel le disgustó que le pidieran ser
gobernados por un rey, y se puso a orar al Señor.
El Señor le respondió: «Haz caso al pueblo en todo lo que te pidan. No te rechazan a ti, sino a mí; no me quieren por rey.»
El Señor le respondió: «Haz caso al pueblo en todo lo que te pidan. No te rechazan a ti, sino a mí; no me quieren por rey.»
Samuel comunicó la palabra del Señor a la
gente que le pedía un rey:
«Éstos son los derechos del rey que os
regirá: a vuestros hijos los llevará para enrolarlos en sus destacamentos de
carros y caballería, y para que vayan delante de su carroza; los empleará como
jefes y oficiales en su ejército, como aradores de sus campos y segadores de su
cosecha, como fabricantes de armamento y de pertrechos para sus carros. A
vuestras hijas se las llevará como perfumistas, cocineras y reposteras.
Vuestros campos, viñas y los mejores
olivares os los quitará para dárselos a sus ministros. De vuestro grano y
vuestras viñas os exigirá diezmos, para dárselos a sus funcionarios y
ministros. A vuestros criados y criadas, vuestros mejores burros y bueyes, se
los llevará para usarlos en su hacienda. De vuestros rebaños os exigirá
diezmos. Y vosotros mismos seréis sus esclavos. Entonces gritaréis contra el
rey que os elegisteis, pero Dios no os responderá.»
El pueblo no quiso hacer caso a Samuel, e
insistió:
«No importa. ¡Queremos un rey! Así seremos
nosotros como los demás pueblos. Que nuestro rey nos gobierne y salga al frente
de nosotros a luchar en la guerra.»
Samuel oyó lo que pedía el pueblo y se lo
comunicó al Señor.
El Señor le respondió:
«Hazles caso y nómbrales un rey.» (I Samuel 8,4-7.10-22ª)
jueves, 4 de enero de 2018
Estrella, alegría, regalos,...
“Los magos de Oriente, después de oír al
rey Herodes, se pusieron en camino y, de pronto, la estrella que habían visto
salir comenzó a guiarlos hasta que vino a pararse encima de donde estaba el
niño.
Al ver la estrella, se llenaron de inmensa
alegría. Entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre, y cayendo de
rodillas lo adoraron; después, abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro,
incienso y mirra.” (Mateo 2,9-11)
Es
complicado explicar a los más pequeños de nuestros pueblos y ciudades que lo
que se celebra el 6 de enero de cada año es una fiesta importante para los cristianos
y también podría serlo para los que no lo son o lo son puramente por tradición.
Digo difícil porque me parece derrotista definirlo como imposible.
Parece
complicado hablar del sentido profundo de esta festividad sin hablar de
regalos, de lotería y consumo, del final de vacaciones, del roscón en nuestras
mesas, de pereza para recoger los “perifollos” navideños,… Creo que es una pena
que hayamos convertido esta preciosa fiesta en una expresión más del sinsentido
de consumir porque me apetece, porque me lo puedo permitir o porque me lo
indica el calendario.
Una fiesta
cuyo centro sigue siendo el Niño acostado en un pesebre que es visitado por
representantes de “todas” las razas y pueblos de la tierra. Una visita que
comienza con una estrella indicadora del lugar en el que se encuentra “el Salvador”,
una visita que produce una “alegría inmensa” y que termina con unos regalos
ofrecidos. Parece mentira que hayamos sido capaces de pervertir una fiesta tan
hermosa y con tanto sentido convirtiéndola en un sinsentido. Es así, pero eso
no quiere decir que tengamos que estar todos de acuerdo en mantenerla de la
misma manera y, mucho menos, olvidarnos del sentido profundo de lo celebrado.
Una fiesta
que nos interpela sobre si hoy seremos capaces de seguir “la estrella” que nos
indica el camino para llegar a Jesús, que nos llama a vivir con inmensa alegría
la Epifanía de Jesús y que nos provoca la necesidad de presentar también
nosotros nuestros regalos a ese niño acostado en el pesebre.
Me da pena,
por no decir rabia, que algo tan hermoso, con tanto sentido para nuestro mundo,
y para cada uno de nosotros, se haya convertido en una fecha en la que muchos
quieren que se acaben las navidades cuanto antes porque las cuentas corrientes
se resienten y porque las básculas parecen haberse vuelto locas.
Algo
deberemos de poner de nuestra parte para intentar restablecer esta fecha como
una fecha de, insisto, inmensa alegría y de búsqueda constante de ese Jesús
Salvador en nuestros pueblos y ciudades, en nuestras casas y en nosotros mismos.
Pienso que es necesario hacer un esfuerzo para recuperar el sentido profundo de
la fiesta y es imprescindible que comencemos por nuestras casas y nuestro
entorno más cercano porque si no es así…
Comencemos
este mismo año 2018 recién estrenado y ¡¡¡que ustedes lo disfruten!!!
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