Estos días el cielo nos ha ido advirtiendo de lo que iba a llegar y aunque nos regala un tiempo para poder reaccionar, para cobijarnos o defendernos del agua, nos pensamos que somos "lo más importante del universo"... y terminamos calados.
Esto mismo es lo que sucede también con muchas cosas en nuestra vida personal y en la vida de nuestro mundo. "Quien con fuego juega..." termina quemándose y quien solo piensa en hacer y crecer sin importar el cómo y por encima de cualquiera... siempre termina menguando.
También sucede la mismo en nuestra Iglesia y en otras tantas Instituciones de nuestro mundo. Cuando únicamente nos preocupamos en conseguir objetivos sin importar el cómo los alcanzamos... terminamos por equivocarnos y consiguiendo lo que nunca hemos deseado.
Es así y lo sabemos, pero, en demasiadas ocasiones, pensamos que a nosotros no nos va a suceder. No respetamos los tiempos, las formas y el fondo y nos equivocamos hasta tal punto que llegamos a una situación de "no retorno".
Cerrar los ojos a lo que estamos sintiendo, y sabiendo, que va a llegar no nos lleva más que a darnos un buen batacazo, a sufrir frustraciones y, en demasiadas ocasiones, hacer mucho daño a los que nos rodean.
Es hora de "leer" despacio lo que sucede a nuestro alrededor, de poner los medios que cada situación requiere y confiar, no solo de palabra, en quien nos acompaña en nuestro caminar.
Una vez que te has "tragado la tormenta" conviene poner los medios para que la siguiente no te vuelva a empapar.
